Crónica Prisca Rudolf, septiembre 2019

Con ocho maletas llenas de ropa y zapatos, Mari y yo llegamos al aeropuerto de Zúrich, para viajar a Perú. Llegamos temprano para poder dejar todo este equipaje con tranquilidad. Aliviadas de que todo saliera bien, y ya solo con el equipaje de mano paseamos por las tiendas, tomamos un café y caminamos lentamente

hacia la puerta. Siempre estoy un poco nerviosa antes de subir al avión porque no me gusta volar.

Primero Madrid, después doce horas hasta Lima. Al llegar a Lima, con paciencia esperamos las maletas, sobre la cinta transportadora. Una de nosotras vigila las bolsas de mano, mientras la otra intenta agarrar dos carros maleteros.

Completamente cargadas, fuimos lenta y decididamente a la salida. ¡Stop!, dos funcionarios de aduanas nos ordenaron detenernos para abrir las maletas. –¡Solo nos faltaba esto!–, exclamó Mari. Las habíamos envuelto en plástico, para protección y para que nadie pudiera abrirlas tan rápido.

El oficial insistió y sacó un cuchillo del bolsillo del pantalón para abrir la lámina. Mari reaccionó con consternación y se defendió, sacó los certificados de acreditación de su bolso y pidió hablar con el jefe.

Llegó el funcionario con la cabeza levantada, vestía un elegante uniforme, con la solapa llena de fotochecks. Mari trató de explicar de qué se trataba el proyecto. Inmediatamente recordé que el folleto azul del Athletic Club Murten estaba en mi equipaje. Quería mostrárselo a mis amigos de Moyobamba. Saqué el folleto y le mostré al aduanero las fotos y el informe sobre nuestro evento. Con mi reducido español, traté de explicarle que todas estas donaciones se transmitirían a la semana siguiente por los medios y que podría rastrear la noticia en los periódicos. Me miró, probablemente pensando: “¿De dónde es este folleto?” Lo miró brevemente, abrió solo mi maleta y nos dijo que nos podíamos ir. Nos esperaban para ir al hotel.

Nos quedamos tres días en la capital. Allí decidimos en qué invertir mi donativo, dinero que recibí de mis amigos y familiares, y que pedí en lugar de regalos para mi cumpleaños. Acordamos, con una pareja de amigos dentistas, de examinar a las niñas del internado y pagar el material para las curaciones, con mi donación. Estuvieron de acuerdo de inmediato y decidieron ir al evento solidario para tener una primera impresión. Mucha gente de Lima no conoce nada de la zona Amazónica del Alto Mayo.

En Lima tuvimos una entrevista con el consulado suizo; nos recibieron calurosamente, quedaron sorprendidos por el origen y la idea del proyecto Tangarana.

Mientras Mari seguía con reuniones, yo recorría los rincones más bellos de la ciudad limeña, acompañada de sus tías Lulú y Yolita.

Después viajamos a nuestro destino final, donde fuimos recibidos por muchos conocidos y amigos.

Nuestras maletas se quedaron guardadas en un rincón de la pequeña oficina de la organización.

Semana Santa es el término español para el recordatorio de la muerte de Cristo (Domingo de Ramos a Lunes de Pascua). Se celebra ampliamente en muchos lugares de los países católicos de habla hispana (¡véase también Andalucía, en España!).

El domingo fuimos con nuestros colaboradores al pueblo de Calzada para celebrar juntos el Domingo de Ramos. Este es un día muy importante para los peruanos; así que, temprano por la mañana, acompañamos a todos los pobladores a su cementerio. No se veían las tumbas porque estaban cubiertas de hierba. Una pequeña capilla estaba muy solitaria, enmarcada por cuatro paredes y un techo. Por encima una pequeña cruz. Dentro, la habitación estaba vacía, sin bancos, sin cuadros en las paredes. En el frente se encontraba un sencillo y pequeño altar. La capilla, probablemente ya no se use, porque hace años se construyó una iglesia en el centro del pueblo. Estas tumbas fueron decoradas por mujeres. Los hombres cortaron la hierba cubierta de maleza. Al final, las mujeres cocinaron allí mismo una comida. Nos mezclamos con los lugareños, tratando de entablar una conversación, escuchando lo que les pesaba, consolándolos sobre sus

penas y preocupaciones.

Algunos pobladores muy humildes de esta localidad son los que se beneficiaron de la donación de María, amiga y profesora de alemán de Mari. Recibieron, a través de la parroquia, un tique de unos tres Francos Suizos, para un refrigerio el día del Morro Xtrem.

En la tarde del Domingo de Ramos, tuvo lugar la parte más importante del día. El camino a la iglesia: la procesión. Acompañados de música y oraciones; adelante una estatua de la Santa María, llevada en un caballete de madera. Fui con las dos tías a la iglesia y asistí a una misa. Me senté entre los dos y mis pensamientos vagaron a la casa de mi familia. Me sentí cómoda y agradecida en este espacio pacífico y armonioso. Podía sentir la tristeza de Lulú, ella perdió a su joven hija por un cáncer. He asociado una buena amistad con la familia de Mari. Son un gran apoyo cuando estoy en Perú.

Una semana antes comenzamos nuestro trabajo para el evento solidario. Llegaron los colaboradores y visitantes de otros lugares de Perú, de España y Suiza.

Personas comprometidas con este proyecto desde el principio. El encuentro fue un momento feliz. Tuvimos buenos días juntos. Nos ayudaron y apoyaron en todos

los lugares donde fue necesario. La familia Kesseli, unos amigos suizos, ofrecieron también mucha ayuda.

Fuimos a una reunión previa en Calzada, donde nos reunimos con el alcalde y su grupo. Discutieron la ejecución del evento, a algunos se les ocurrieron nuevas ideas, que tal vez podrían mejorarse. Al regreso, en un autobús, de buen humor y felices, las mujeres

comenzaron a cantar en voz alta y vincularon mi nombre al coro. Prisca mi princesa: ¡una algarabía!, una y otra vez, con eso querían expresar su gratitud por lo agradecidos que estaban porque había regresado.

Me toca el corazón cuando lo recuerdo. Estas personas están involucradas desde el principio y están totalmente comprometidas. Trabajan durante todo el año con los jóvenes becados y los cuidan.

El día de la carrera, muchos niños del poblado me reconocieron de inmediato y no se apartaron de mi lado.

Por la mañana del día del evento, los viajantes de Barcelona y Lima prepararon el Stand de ropa solidaria para que cada familia de Calzada y sus alrededores pudiera elegir dos partes por adulto y niño. Había una larga cola. A las cuatro de la tarde tuvimos que ir

al punto de partida para subir a la montaña. Hice la escalada junto con Carmen y Carlos que llegaban de Barcelona. Siempre es un gran placer ver como más y más adolescentes y adultos participan en la carrera cada año. Este acontecimiento ya ha asumido una importancia regional.