Siempre pensé que el decidir ayudar a alguien debía obedecer a motivaciones ajenas a uno mismo y no a la búsqueda del “cielo”, el perdón o el libramiento de los tormentos del alma producidos por el dolor de la desgracia ajena. En ese sentido, el compromiso, esfuerzo y dedicación para tal fin debía estar orientado y en sintonía con un plan más objetivo que sentimental, más organizado e inteligente que complaciente o paternalista y no sólo cuando haya culminado con lo mío o cuando me sobrara el tiempo o la vida. Vale aclarar que esto no me exime de la enorme responsabilidad de quedarme esperando “el momento” y, en el ínterin, no hacer nada y sólo observar desde una cómoda tribuna, como el otro se hunde en su desgracia.

Tangarana me brindó la oportunidad de desempolvar y remover mis excusas y justificaciones y me catapultó al avión que lleva a Tarapoto para de ahí moverme a la hermosa Moyobamba, esta vez con mi familia, mi esposa, mis dos hijos, junto con otros familiares y amigos, con la esperanza de que ellos también se contagien de este compromiso que adquirí y ya no quiero soltar.

Y así fue, ya no tuve que decir nada, Tangarana se vendió sola, se mostró y se los ganó. A punta de idear planes de trabajo que se modificaban a cada instante, dolor de pies, piernas, rodillas, espalda, de lidiar con la impaciencia y potenciar la tolerancia y de ver como, espontáneamente surgía, con gente que acabamos de conocer o que poco conocíamos, un equipo.

Ya conocía esto, pues no es la primera vez que vengo; pero esta vez lo compartí con mi familia. Ellos fueron testigo en vivo de todas aquellas apasionadas narraciones que llevaba a Lima, ahora son ellos los apasionados narradores, pues no hay nada mejor que venir a esta hermosa tierra y participar para evidenciar todo lo que cuento y lo que podría contar, sin duda, muchas lindas historias, aprendizajes, y nuevas y enriquecedoras experiencias. Lo mejor: ahora hay más personas que piensan y creen lo mismo que yo acerca de este proyecto.

José Antonio Estrada, Abril 2019