VIAJE AL CORAZÓN DE TANGARANA

Pensar en Tangarana o Moyobamba era para mí pensar en Maritza, había oído hablar innumerables veces, e incluso lo había leído en su libro, pero no dejaba de ser algo lejano y sin conexión con vivencias propias. Y lo que debo decir enseguida es que gracias a este viaje Tangarana ha pasado de estar en la cabeza a estar en el corazón.

Cuando Maritza nos lo propuso, todo bien planificado y organizado, más parecía made in Suiza que en Perú, aunque no hay ninguna planificación, por muy suiza que sea, que resista la realidad peruana como así se demostró a nuestra llegada a Lima. Perdimos la conexión con Tarapoto y nos permitió un obligado disfrute del glamuroso aeropuerto de Lima, la realidad es tozuda.

Pero vuelvo, Carmen mi esposa y yo tardamos muy poco en tomar la decisión, por Maritza y por Julio, nuestro cuñado, que iban a estar allí, pero sobre todo por conocer y colaborar con este proyecto en primera persona. Y también por conocer esa parte de Perú, que sin ellos con toda seguridad no hubiéramos visitado jamás. Inmediatamente se lo propusimos a nuestros amigos Víctor y Eva seguros de que iban a aceptar, tanto por la idea de conocer algo diferente y solidario, como, sobre todo en el caso de Víctor, por la propia carrera, pues, aunque él “solo” ha corrido una treintena de maratones urbanitas (solo???!!!!) estábamos seguros de que le picaría el prurito de correr de noche y por la montaña.

Así fue y tras el conocimiento previo por WhatsApp del grupo de Barcelona, nos encontramos en el aeropuerto y a partir de aquí todo fue rodado. Me refiero al grupo, que no a las circunstancias, uno que tiene el pasaporte caducado, otro que llega tarde, las maletas que no podíamos facturar, la conexión perdida en Lima, en fin … ¡un gran grupo! Sin excepción.

Mis sensaciones sobre la estancia tendré que relatarlas por partes. Y empiezo por el encargo que yo tenía, que era ver la viabilidad de abrir vías de escalada en los farallones del Morro. “Esca … qué?” “Sí, eso que hace la gente con cuerdas para subir por las paredes…” “Ah, escalamiento! Sí, una vez, vinieron unos con cuerdas que se metieron en una cueva” Ya, eso es espeleología, pero algo es algo. Buena voluntad la hay, sin duda, pero estaba claro que eso de la escalada no era el “hit parade” en Moyobamba, pero por algo se empieza.

El plan A era visitar las paredes del Morro con un conocedor experto de la zona, que previamente esperaba mi visita y que se la habría preparado como haría cualquier suizo. Pero enseguida me di cuenta de que necesitaría un plan B: ni experto, ni conocedor de la zona, ni preparación previa, así que se lo dije a nuestro amigo Nilton y pusimos en marcha este plan B, improvisando a la peruana, que es lo mismo que a la española, pero made in Perú. Tengo que decir de Nilton que en su discreción brilla con luz propia, lo cual tiene mucho mérito estando como está junto a un faro deslumbrante como es Enith, fuerza desatada de la naturaleza donde las haya. Pues bien, con el inestimable apoyo de Nilton, buen conocedor de la idiosincrasia lugareña (muchísimas gracias Nilton!) pude hacer los contactos y visitas suficientes para llegar a la conclusión de que sí, se puede hacer escalada en el Morro, pero siempre bajo los principios del conocido aforismo que dice: “siempre que vas a hacer algo, hay que hacer alguna otra cosa antes”. Pues eso, que se podrá hacer escalada, pero habrá que hacer unas cuantas cosas antes, así que una vez puestas en marcha, por mi parte ¡misión cumplida! Y la misión no era abrir vías de escalada en el Morro, como quizás voluntariosamente me había propuesto Maritza, mi verdadera misión era concienciar a la municipalidad de que tal cosa es posible y de que puede ser un atractivo complementario a los múltiples que puede tener la zona. Un minúsculo granito de arena para contribuir a lo realmente importante: ayudar a dinamizar el valle y a generar prosperidad.

Y ya que estoy en el tema, la visita a la reserva de Tingana me resultó especialmente impactante, no solo por la belleza sobrecogedora de la selva sino sobre todo por conocer este proyecto de la boca de sus protagonistas, de ver cómo la toma de conciencia puede transformar una comunidad, de depredadora a generadora, de ser conscientes de que vale más un mono vivo que muerto, y de ver cómo este proyecto ha contribuido a enriquecerles, más que en su bolsillo en su mentalidad,  como personas abiertas al mundo que ahora pueden ver en la zona un futuro para sus hijos.

Con respecto a Tangarana, lo que de verdad me sorprendió fue ver la cantidad de gente a la que Maritza ha sido capaz de implicar en el proyecto y, lo que es más importante, la cantidad de gente que lo vive como propio: “para que alguien viva algo como suyo ha de ser suyo, se lo ha de apropiar emocionalmente” y sin duda Maritza lo ha conseguido. Lo difícil no es poner en marcha un proyecto, lo realmente difícil es conseguir que su viabilidad trascienda al fundador. Tras lo que vi en Moyobamba, me atrevería a decir que esto ya no hay quien lo pare: demasiada gente implicada e ilusionada con él. Mi deformación profesional me lleva a analizar el fenómeno desde el punto de vista organizacional, pero al no ser este el lugar para disertaciones, decir solo dos cosas:  la primera es que se están haciendo las cosas bien y, la segunda, es que su propósito y sus valores conectan con los de mucha gente. Esto no hay quien lo pare.

Y qué decir con respecto al evento y la gente, fue un torrente continuo de sensaciones. La gente de Tangarana como si nos conociésemos de toda la vida, me sentí superconfortable: acogedora, comprometida, con una actitud superpositiva, todo el mundo colaborando… nos hicieron sentir enseguida que formábamos parte de su equipo. Equipo no, ¡equipazo!

Y de la gente de allí, la más necesitada, la que es la verdadera razón de ser del proyecto, solo voy a decir una cosa: se pueden dar clases magistrales tan solo con la mirada.

Con respecto a mi participación en la carrera decir que fue lo más irrelevante del viaje, hice los 4k junto a Carmen y Prisca, que subieron como unas campeonas todo hay que decirlo, pues más que una carrera fue una excursión, pero bien empinada, aquí no regalan nada. Y ya lo creo que mereció la pena, por las impresionantes vistas del valle desde arriba y, sobre todo, por ver las caras de los que subían: chicos y chicas, jóvenes y mayores, sanos y asmáticos (¡¡bien por Eva!!). Lección: el que quiere puede.

Y yo no puedo finalizar esta breve crónica sin unas palabras para Jan, pues ahora entiendo de verdad cuando Maritza decía en su libro que le había cambiado la vida. El yin y el yang, las fuerzas complementarias cuya conjunción hace que el universo gire. La pasión y la fuerza peruana de Maritza junto a la discreción y serenidad nórdica de Jan. ¡La que habéis liado! Y como tuve la ocasión de decir en el almuerzo de despedida, todo esto ha sido posible gracias al empuje y el liderazgo de Maritza, pero también, de manera callada, gracias al amor y la generosidad de Jan ¡Muchísimas gracias a los dos!

En Barcelona a 27 de abril de 2019

Carlos Sánchez

 

Cada paso más cerca

En la Feria del Corredor…