Soley Quevedo, Chile

29.04.18
Hoy, aún con dolor en las rodillas y felicidad en el alma, me despido de Moyobamba, lugar que aún conserva un aroma que me traslada a días con mis abuelitos, a risas interminables y al cariño de la gente que me recuerda con cariño de cuando era pequeña.

Después de 3 años regreso por el pretexto perfecto; el Morro Xtrem, evento solidario que tiene objetivos claros y además de ello, para mí se traduce en un momento muy familiar y con amigos de la familia que, aunque aveces es difícil recordar, a los pocos minutos entre risas y baile, se sienten cercanos.

27.04.18
Empezó la jornada y con ello los últimos detalles antes del día esperado; me autoasigné la misión de ayudar en lo que fuera necesario y participé en la feria del corredor en el que estuve de cajera, junto a mi mamá y al socio de primo, y juntos vendíamos artículos para los deportistas a muy buen precio (en realidad apetecía comprarse todo); entre risas efectuaba mi misión de cobrar por los artículos sin importar si el comprador fuera el gobernador, el sobrino, la prima organizadora, o la tía que justo en horas anteriores no me había cobrado el rico “juane” que me preparó con tanto cariño.

 

28.04.18 / 08:00 am
Al día siguiente muy temprano empezamos a prepararnos para el morro, y para grata sorpresa mía, me encuentro a una bonita y enérgica mujer de 64 años vestida de Tangarana, de pies a cabeza, entusiasta y lista para subir al morro; era mi madre, que con canguro, bebedero, mochila, linterna y todo los artículos indispensables o no, estaba lista para subir desde aquel momento, hizo sus ejercicios de calentamiento junto a todos para empezar la carrera de los 4K y hasta bailó para emprender su propia competencia, y como todo lo que ella se propone, lo logró y a las pocas horas recibí un mensaje con su foto en la cima del morro diciendo: Hijos míos lo logré!!! Les soy sincera, me faltan frases descriptivas para explicar lo que mi corazón sintió.

28.04.18 / 6.30:00 pm
El sol, la lluvia, y mi falta de entretenimiento en el running, me hicieron dudar de poder lograr los 10k, pero al estar en la partida junto a mi hermano, mis primos, mis tías y mi madre (que ya lo había logrado), recordé que uno de los motivos de mi fugaz visita era estar con ellos y vivir la experiencia a mil por ciento; y entonces partí. De pronto en la oscuridad ya estaba sola y subía por inercia esperando que las señaliticas (que había ayudado a colocar la mañana anterior), me impidieran caer al abismo, pero aunque así sucediera, no me importaría, porque sería parte de la experiencia y seguro seguiría adelante hasta encontrarme con alguien. Seguí subiendo, contenta de que lo lograría y así fue, recibí mi pulsera y con las mismas energías empecé a descender a velocidad por el impulso, sentándome en las piedras para no resbalar y apoyándome en lo que podía para no perder el equilibrio hasta que de pronto encontré a mi hermano quien bajaba despacio ya que al parecer su luz había sufrido un desperfecto y no podía ver, empezamos a descender por caminos estrechos y apedreados, juntos, como todo lo que somos en la vida, un equipo.

Largos minutos después empezamos a escuchar la música, a gente recibiendo a los corredores y a mi madre que nos esperaba, tan entusiasta, al ver a sus hijos llegar a la meta. Sin importar el puesto que obtuviésemos, ella estaría orgullosa de igual forma; y así fue, contenta, aunque con un poco de dificultad en recobrar la respiración, estaba feliz de la experiencia en el Morro Xtrem.

Ahora puedo decir que no tiene comparación con ningún otro evento de running, la adrenalina, la incertidumbre, la complejidad del Morro lo hace especial, y el próximo año anhelo subirlo junto a mi novio, y que pueda percibir lo que con palabras no se puede explicar, ni con videollamadas no se puede transmitir; estoy segura que será así, es mi compromiso estar presente en los siguientes eventos, apoyando la causa y fomentando el deporte junto a Tangarana.

02.05.18
Ya aquí, en el aeropuerto de Lima, a pocos minutos de despegar, es inevitable sentir nostalgia por aquellos a quien despido y que me hacen falta absolutamente todos los días, vuelvo a mi vida en Santiago de Chile junto a mi novio, con horas interminables de atención a mis pacientes que me esperan por un periodo de pausa que forcé con picardía por vivir nuevamente esta experiencia con Tangarana.